Mi interés por las ciudades despertó desde que pude conocer, caminar, viajar, trabajar y vivir en alguna de ellas.
Desde pequeño pasaba los veranos en Trujillo, y recuerdo cómo en mi esquema mental estaba mi sentido de ubicación en Piura y Trujillo. Cuando fui a Lima por primera vez, de niño, observé maravillado la forma y ambiente de una metrópoli con alta densidad, distancias y atractivos.
Mi primer viaje al extranjero fue a Ecuador, y me fui imposible no comparar la sencillez y bondad de Loja, la limpieza de Cuenca. No concebía como había escaleras eléctricas en un mercado central. También aprecié Guayaquil, su tropicalidad y despliegue sobre una hermosa bahía.
Luego, pude viajar a Boston, pasar un crudo invierno bajo nieve en una ciudad americana, de estilo británico. Trabajé en restaurantes y clubes parqueando carros como valet, me aprendí las calles y su sistema de transporte, donde observé la importancia de los sistemas de drenaje, la red de transporte masivo y como optimizar su conectividad. No podía creer como el estadio de básquet TD Garden estaba sobre una estación de tren y al costado del río. Boston formó en mi los principios de diseño del desarrollo de una ciudad.
Visitar Nueva York fue surreal, apreciar la vista panorámica desde Empire States, y escuchar más flashes que palabras. Como ingeniero en formación en ese momento, me pregunté, ¿cómo es que hicieron esto? Una trama cuadricular, un sistema de metro de alta frecuencia, en fin, no me alcanzarán las líneas para ejemplificar lo mágico e hipnotizante que es la gran manzana. Sin duda tuvo un impacto en mi forma de ver una ciudad, y también crítica.
La vida me permitió conocer después de unos meses Europa y trabajar en Cataluña. El estilo europeo es diferente, ciudades medianas, más peatonales, distancias más cortas y varias culturas en un mismo espacio. Barcelona fue una mis ciudades favoritas, donde vi como el arte de Gaudi y la planificación pueden potenciar una región entera. Madrid es de ensueño como los libros, la magia de Valencia y su moderno complejo de arte y ciencia. En fin, trabajé dos meses en Lleida y me acogió el encanto de una ciudad pequeña, estudié 7 meses en Santander y terminé amando su clima lluvioso y sus colinas con vistas al mar Cantábrico. Visité Bilbao, Toledo, Segovia, Girona, Perpignan y demás.
Así también me di un espacio para conocer otros ciudades cumbre, donde amé Roma por su historia, comida y cultura, recorrí el Vaticano y su arquitectura. Visité Paris y me embriagó su magnitud, encanto y grandes bulevares, atracciones como la torre Eifel, caminé por Bruselas y admiré su preservación de los edificios históricos. Visité Ámsterdam y me maraville por la bicicletas, diques y demás tulipanes y molinos de viento a su paso por las vistas desde tren. Europa despertó un interés en saber cómo integrar infraestructura con desarrollo y cómo volvernos más sostenibles.
Posteriormente, cuando empecé a trabajar por razones familiares pude visitar otros destinos que también capturaron mi atención. La magia de Disney en Orlando y todo lo implica los parques de diversión, el espíritu caribeño que se respira en Miami. La majestuosidad de San Francisco, y toda la asombrosa bahía y entrada del Golden Gate. A su vez ver la expansión y modernidad de Los Ángeles. La mayoría de estas ciudades americanas orientadas y dependientes del automóvil, otra cara de la moneda a comparación de Europa.
Luego, Brasil fue otro destino que me encantó, la impresionante belleza de Foz Iguazú y sus cataratas, la gran metrópoli de São Paulo y su clima y ambiente. Y las paradisíacas vistas de Río de Janeiro, con sus grandes malecones a lo largo de sus playas.
Luego durante el tour mundialista, aprecié las callecitas medievales e historia de Praga, un destino memorable, de las ciudades más bellas que vi. Luego ver la planificación rusa con otro estilo y escuela, la eficiencia de sus redes, la misticidad de Moscú y su concepción circular. Los espacios públicos de Kazan, la coexistencia de la conservación y la urbe de Ekaterinburgo, la franja turística de Sochi, en fin todas ciudades dignas de caminar y explorar su paisaje.
Con toda esa valiosa experiencia, cayó años después una pandemia que me hizo replantear aspectos personales y profesionales. Y me pregunté si tuviera pocos años de vida, donde quisiera vivir?, y si no puedo elegir, ¿cómo se hace para mejorar la vida del lugar que me toque, no solo la mía sino la de todos?
Quise ser ingeniero civil porque siempre creí que discutir sobre lo físico es objetivo, es visible, es irrefutable. Creo que saber cómo se hacen las cosas físicamente y sus procesos, ayuda mentalmente para desempeñar cualquier labor conceptual posterior. Nuestra vida es una permanente construcción de sueños, ideas y proyectos, que requiere una operación estratégica y funcional para usar eficientemente los recursos (tiempo), conviviendo con lo valioso de las relaciones humanas.
Después de respirar la Amazonia, entendí que no todo puede hacerse igual, la naturaleza gobierna. Y es así como vivir en Tarapoto con su clima y su gente me impregnó de buscar un equilibrio ambiental, y mucho más luego de conocer Yurimaguas, Moyobamba, Iquitos, Pucallpa, la magia del mítico Cusco, la grandeza de Arequipa, la heroica Tacna, calor de Tumbes, sabrosura de Chiclayo, la frescura de Huaraz, la festividad de Cajamarca, y el sinnúmero de poblados y distritos por los que comí. Así también pude recorrer y caminar más de 40 distritos de Piura por labor, ver mi realidad, nuestras debilidades ante un Fenómeno de El Niño.
Decidí entonces hacer una maestría en Planeamiento Urbano y Regional. Elegí Australia por varias razones. Algunas de ellas para conocer un nuevo destino, por su clima, y para ver la influencia cercana de Asia, que es el nuevo centro mundial a nivel de mercado. Es así que conocí la deslumbrante bahía de Sydney, y la cautivadora atmósfera cosmopolita de Melbourne. Pero me quedo con Brisbane, ciudad que elegí por ser mediana en fase de crecimiento, próxima sede olímpica y posicionamiento internacional creciente. Pero principalmente por el clima, porque soy más de sol y lluvia. Necesito el calor que me dio por años Piura y ver de cerca un río, así como la lluvia que me regaló generosamente Tarapoto y Santander, y tener un par de meses fríos como las amaneceres limeños de invierno.
Vengo trabajando más de dos años en Brisbane como urban planer, y no puedo estar más que agradecido por todo lo que caminé, y con la ilusión por lo que me queda recorrer. No soy adivino para ver el futuro, y no se si contaré con el respaldo que se necesita para tomar decisiones importantes al servicio de los demás. Por mi parte, seguiré preparándome cada día para nutrir mis capacidades a todo nivel, escribiendo internamente, leyendo, pero sobretodo viviendo, porque nunca sabremos lo que nos depara el próximo destino, pues el secreto del camino no es el clima o equipaje, el secreto del camino siempre estará en tus pies y las cartas en tus manos. Pues, como diría San Josemaría en su libro ‘Camino’, “es preciso atravesar el mundo. Pero no hay caminos hechos para vosotros... Los haréis, a través de las montañas, al golpe de vuestras pisadas.”
Un abrazo, o mejor dos.
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